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Al amigo, al profesor.
Al artista.
Con motivo de su jubilación, Paco, nuestro amigo Paco Calvo, nos regala una exposición de pintura que abarca desde su época en Las Palmas de Gran Canaria (felices 70 como él los considera) hasta nuestros días. A través de ella nos habla con el lenguaje que le es consustancial: la imagen, el color, la composición.
Si algo caracteriza a Paco es la mirada profunda de niño que trata de aprehender la realidad. Sus cuadros son el reflejo de una constante interrogación: la vida, siempre la vida, con sus misterios y dudas. Por debajo de lo aparente (o por encima, como dirían los surrealistas) está la auténtica realidad y a su búsqueda dedica su inagotable energía.
Paco es un agonista, un luchador, y su campo de batalla, el lienzo. Verlo trabajar en el taller es contemplar a un hombre absorto en una tarea vital. Porque asunto de vida es para el artista Paco la pintura; sin ella pocas cosas tendrían sentido. Así entendemos la fuerza que su obra transmite. Cada cuadro es una oportunidad para descubrir algo nuevo en un mundo confuso.
Siempre he creído que otro aspecto caracterizador de nuestro compañero (compañero del alma, compañero...) es su faceta dionisíaca, manifestada en el aprecio por la libertad y desapego de lo establecido. Lo dionisíaco que hay en él es también implacable rigor y disciplina en el acto creativo al que se aplica en largas horas de las que he sido testigo privilegiado.
Quien durante tantos años ha dado clase cierra la puerta de su segundo taller, el aula, pero su huella permanecerá en todos aquellos a los que animó a ser creativos, en los alumnos que tuvieron como profesor a una persona muy especial, a un artista.
Nosotros, sus amigos y compañeros, sabemos que Paco no se jubila de la actividad que tanto ama. Todas las horas del día serán pocas para que aquel niño de ojos claros y penetrantes de Alfarp, siga interrogando a la vida, siga buscando en su interior, siga creando.
Salvador Priego.
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